Ejercicio delegado del poder o mesianismo político

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Willian Fredy Palta Velasco

América Latina ha experimentado en las últimas décadas giros ideológicos en los ejercicios del poder político. Algunos países pasaron de regímenes dictatoriales de los años setenta,  como los casos de Argentina, Chile, Uruguay, Brasil entre otros; a ejercicios democráticos que se han ido consolidando con el paso de los años. En este proceso, no han faltado las tensiones ideológicas heredadas de la Guerra fría entre los bloques comunistas y el boque capitalista, que ha estado presente hasta hoy, y que, manteniendo lógicamente las proporciones, son denominadas la lucha entre la derecha y la izquierda por el poder.

América Latina ha sido gobernada por la derecha o centro derecha, siendo Chile su excepción cuando el 4 de noviembre de 1970 elige democráticamente como presidente a un gobierno comunista, encarnado en la figura de Salvador Allende, quién fue derrocado el 11 de septiembre de 1973 por el General Augusto Pinochet. Esta hegemonía de derecha ha permitido la consolidación de Estados neoliberales. No obstante, en la década de los noventa, América Latina da un giro en su orientación, lo que algunos autores llaman  “la primavera política” (Dussel, 2006), es decir, el ascenso de sectores de izquierda a los ejercicios políticos. Es así que aparecen hombres y mujeres: Lula da Silva y Dilma Roussef, Evo Morales, Tabaré Vásquez y José “pepe” Mujica, Hugo Chávez, Rafael Correa entre otros,  que pasaron de lugar de la oposición a la responsabilidad política de estar en poder, proponiendo gobiernos alternativos a lo que hegemónicamente se venía experimentando, dando orientaciones en sus prácticas de gobierno,  no desde la primacía del capital, sino desde lo social, buscando equidad y justicia como el sentido de la praxis política. Estas tensiones han causado polarizaciones entre los ciudadanos, defendiendo cualquiera de las orientaciones.

Estas dinámicas, independientemente de las tendencias en la que se han ubicado, no han sido ejercicios perfectos y que no dado los resultados necesarios a las situaciones críticas y estructurales de las realidades latinoamericanas.  Por eso es pertinente preguntarse por el nivel de responsabilidad de las comunidades y en especial de la juventud en los contextos latinoamericanos, porque pareciera que se les ha entregado la responsabilidad a los gobernantes como líderes mesiánicos y salvadores, desligándose de la responsabilidad comunitaria de ser la fuente soberana del poder.

Se hace necesario, entonces, recordar que los gobernantes realizan un ejercicio delegado del poder, responsabilidad que encuentra su fundamento y sentido en el mandato que le hace la comunidad. Es por esto que se hace importante señalar que, el representante como miembro de la comunidad, ejerce una función institucional como delegado; pero lo que está aconteciendo es que al elegir al representante no se le delega, sino que se le entrega toda responsabilidad que es exclusiva de la comunidad.  Porque el ejercicio del actor no-representante en la elección de un representante no lo exime del compromiso político, sino que al contrario, se configura una relación vinculante con el ejercicio de la representación, porque “al decidir, aceptar o elegir a las autoridades se les da representación de la comunidad que lo elige, que, por su parte, son los representados” (Dussel, 2009: 203).  Esto es que la comunidad que se torna pasiva da lugar a ejercicio corruptos del poder, o en palabras de Dussel se le conoce como fetichización del poder donde el representante se considera fuente soberana, usurpando el lugar de la comunidad.

Desobligarse de la responsabilidad como ciudadanos constituyentes del poder soberano con relación al representante debilitaría el poder originario de la comunidad y daría lugar a ejercicios de representación fetichizados. Es cierto que han existido políticos que han desangrado a sus pueblos, pero es triste saber que han contado con el consentimiento del pueblo que los elige una y otra vez, todo por no tomar parte en la tarea política que les corresponde, en este sentido afirma que: “La corrupción es doble: del gobernante que se cree sede soberana del poder y de la comunidad política que se lo permite, que lo consiente, que se torna servil en vez de ser actora de la construcción de lo político” (Dussel, 2006: 14).

El poder delegado , entonces, ejercicio como práctica mesiánica conlleva a un debilitamiento y erradicación de los procesos democráticos o convirtiendo su ejercicio en una seudo-democracia tiránica que produce, reproduce y aumenta la muerte, la miseria y el abandono, porque

“La corrupción política: el poder fetichizado es esencialmente antidemocrático (…) porque se fundamenta en su propia voluntad despótica” (Dussel, 2006: 45).

Esta actitud se ve reflejada en prácticas tiránicas, dictatoriales que en la historia han condenado a millones de humanos a la miseria, holocaustos, masacres, etnocidios y el abandono.

Así las cosas,  de nada sirve la tendencia ideológica o política de quien gobierna, mientras la comunidad no asuma la responsabilidad que le atañe como fuente suprema del ejercicio del poder, que junto a los zapatistas de Chiapas (México), se puede afirmar que el ejercicio delegado del poder debe ser un mandar obedeciendo, es decir, que la legitimidad de quien gobierna radica en la comunicación y vinculo profundo con la comunidad que representa. Por lo que se hace necesario quitarle al representante ese aire de mesías en quien ponen toda confianza, absolutizándolo como salvador de nuestras causas.  No se puede renunciar al poder soberano de la comunidad porque es la fuente del poder, es ella la que otorga legitimidad al estar fundada en el consenso y la participación de todos los miembros. Sin la participación de la comunidad no hay poder político, ni democracia que responda a las necesidades y complejidades de la comunidad.

La juventud, entonces,  tiene en sus manos una gran responsabilidad en la configuración política de los países latinoamericanos. Ya no puede quedarse en una política de like en las redes sociales, ni idolatrando lideres fetichizados de derecha o izquierda, sino buscar la consolidación de un proyecto comunitario lejos de caudillismos mesiánicos. Un proyecto que recoja el consenso de los movimientos sociales, donde se oriente desde principios políticos a

la producción, reproducción y aumento de la vida de la comunidad (Dussel 1998: 91),

lo que implica que el representante debe obrar siempre teniendo como fin, no como medio la vida en todas sus manifestaciones. Por lo que el ejercicio delegado del poder, al ser consciente de las exclusiones y necesidades de la comunidad, debe generar procesos comunitarios de emancipación para la transformación de las estructuras de injusticia.

La transformación de las realidades sociales no está en la ideología de quien gobierna, sino en la fuerza trasformadora de comunidad que supera toda fetichización mesiánica del gobernante y se constituye ella en agente trasformador de las situaciones que le impiden vivir con dignidad.

Bibliografía

Aguirre Rojas, C. A. (2009). Mandar Obedeciendo: las lecciones politicas del neozapatismo Mexicano. Rosario-Argentina: Prohistoria Ediciones.

Dussel, E. (1998). Ética de la liberacion en las Edad de la globalizacion y de la Exclusión. México: Trotta.

Dussel, E. (2006). 20 Tesis de Politica. México: Siglo XXI.

Dussel, E. (2009). Política de la Liberación. II Volumen Arquitéctonica (Vol. II). Madrid: Trotta.

Author: Aletheia

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